Para nadie es un secreto que los periodistas y los medios tenemos en nuestras manos una de las labores más importantes: informar, conectar, formar y brindar herramientas para que quienes nos leen o escuchan puedan construir su propia opinión. Pero, ¿qué pasa cuando no sabemos llevar bien esa responsabilidad? ¿Somos responsables del efecto que genera lo que reportamos?
Como medios podemos polarizar, podemos alarmar, pero también podemos ofrecer esperanza y generar bienestar. Aunque suene a ocultar la verdad, es todo lo contrario: se trata de dar un enfoque a las noticias que no lleve a las personas a pensar lo peor. Desde luego, no es un enfoque aplicable en todas las situaciones; hay noticias que, simplemente, nos quitan la fe.
Sin embargo, el punto está en visibilizar también aquellas historias que nos dan paz, que nos recuerdan que aún hay cosas buenas en el mundo. Como decía Ernest Hemingway: “El mundo es un lugar hermoso y vale la pena luchar por él”. Como medios, somos una de las principales fuentes sobre las que la gente construye su visión del mundo, y por ello debemos alentar la idea de que vale la pena luchar por él.
Es fundamental revisar cómo redactamos o enfocamos las noticias, porque en muchos casos, de un mal enfoque pende una vida. Por nombrar un ejemplo, el efecto Werther es un fenómeno que demuestra que ciertos modos de comunicar sobre el suicidio pueden aumentar la probabilidad de imitación. En un principio se creía que solo aplicaba al suicidio, pero luego se evidenció que sucede lo mismo con los feminicidios.
Dicho de forma cruda: quienes contemplan el suicidio o el feminicidio buscan justificación en otros, y al reportar mal estos hechos lamentables, infortunadamente les damos lo que buscan. Sin quererlo, podemos estar empujándolos a cometer estos actos.
En contraposición, existe el efecto Papageno, que plantea que las noticias sobre suicidio —cuando se reportan con responsabilidad y bajo ciertos criterios— pueden tener un efecto preventivo, disminuyendo su incidencia.
Porque al final, contar una historia no es solo relatar los hechos: es también decidir cómo se nombran, desde dónde se miran y qué puertas se abren en quien la recibe. En un mundo saturado de información, el periodismo aún tiene el poder —y la responsabilidad— de cuidar la vida con cada palabra que publica.






