-Por Yurley Andrea Giraldo García
Mijita, “Llegará el día en que la tecnología nos reste utilidad”, decía mi abuelo mientras lo acompañaba a moler el maíz; y aunque pareciese que han pasado años, diré que solo han sido un par y unas cuantas canas desde entonces. Don Isidro ya perdió su cabello, ha visto morir a todos los que fueron sus amigos cercanos y ahora, aunque no haga utilidad de ellas porque camina con el bastón y gestiona sus emociones partiendo leña con el hacha; si se enfrenta a la soledad de quienes ya no se interesan en escuchar sus historias, ni llevarse su consejo de viejo porque ese aparato multifuncional que llevamos casi 18 horas en las manos, en el bolsillo o en la cartera cuenta mejores anécdotas que las de él, y pareciese además, que tiene soluciones para todo al alcance de un clic.
Nunca ha sido fácil hablar de emociones, es más, no siempre se nos enseña a identificar lo sentido y menos a poner de manera asertiva en palabras las cosas que nos suceden; es como si aún el tabú de lo dicho atormentara la idea de sentarnos de frente con la posibilidad absoluta de escucharnos a nosotros mismos, que es, en esa medida, el fin mismo del ejercicio psicológico. Entonces, en compensación a ello y huyendo del sonido de las palabras, minimizar su eco mientras sostienes conversaciones profundas con ChatGPT podría o no, generar mayor bienestar en una juventud y adolescencia mediada por la estrecha relación con las redes sociales y las IAS.
Ciertamente se complejiza menos la tecnología que la humanidad. Sin embargo, no sería muy objetivo de mi parte solo satanizarlas, pero si sería muy condescendiente, si le resto el valor a una profesión –la psicología- que dispone del oído y el corazón para sacar nudos del pecho, de la cabeza y de la vida. Y aunque la misma, podría no ser la redentora de todos los males, si le devuelve en sí la posibilidad humana a la emoción de liberarse de sí misma.
Algo habría en este punto que agradecerle a la búsqueda desesperada de bienestar que tiene su máxima visibilización en pandemia, la oportunidad que le ha dado a la salud mental de pelearse un lugar lejos de las culpas y los remordimientos y aunque bien, sigue estando rodeada de misterios individuales y colectivos, reconocerla se ha vuelto tan necesario que no podríamos solo pensar que el anhelado lugar que le ha costado ganarse, pueda reemplazarse con un buscador de internet.
En el ejercicio constante de exponer la vida a los algoritmos y los sistemas informáticos se abre una delgada línea que no sabe de intimidad y aquel acto que en primer momento puede representar un placebo emocional, podría a su vez, estar sucumbiendo en la idea de dejarnos a la deriva con la constante exposición de detalles personales y emocionales a los meta buscadores de la web.
Y entonces, lo que supone un gran avance tecnológico, que en sí, lo es; simultáneamente representa también la desensibilización de lo humano frente a las siempre capaces inteligencias artificiales; una deuda cognitiva con la humanidad, un vacío emocional y una carencia relacional que aleja cada vez más a las personas que dicen estar cerca las unas de las otras.
No es en vano que se viva en el anhelo del abrazo de alguien querido, ¿Podrá acaso ser suficiente el abrazo de las IAS cuando de anhelos se trata?
-Yo, me voy por el abrazo de mi abuelo.






