Estaba tan pegado al celular que a veces sentía que él sabía más de mi vida que yo. Me decía cuándo dormir, qué pensar, con quién hablar, y hasta cuándo debería estar feliz. Lo peor es que a veces le creía. Sentía esa ansiedad de no encontrarlo, como si sin él se me fuera el sentido. A mi alrededor, igual: viviamos con miedo a perdernos algo, mientras nos perdíamos de todo. Pero un día lo puse a dormir. Lo envolví, lo alejé un poquito y desperté. Apagar el celular puede parecer un lujo, una locura o una moda pero puede ser algo más profundo: un acto de resistencia, de conciencia, de política cotidiana.
¿Distraído? Con cada scroll, entregaba mi sentido de la vida a un algoritmo: tener más, competir más, parecer más exitoso. Sonriendo en redes y llorando en la ducha. Una vida muy ocupada, pero vacía. La historia se repetía como canción de despecho: trabajar-comprar-padecer. Perdía el sentido, sentía ansiedad y se colaba la depresión.
¿Desconectados? Las redes, que prometían acercarnos, se volvieron el nuevo paredón. “O estás conmigo o estás contra mí”. Lo complejo se volvió incómodo, y lo incómodo se cancelaba. Se levantaban muros con hashtags: contra el pobre, contra el rico, contra el que piensa distinto, contra el que llega. Las relaciones se volvieron transacciones: “me das like, te respondo. Me etiquetas, te incluyo”. Las conversaciones verdaderas, esas que exigen tiempo y duda, se diluyeron entre memes y gritos. ¿El resultado? Guerra. Corrupción. Violencia.
¿Dormidos? Muchos días parecían copia y pega del anterior. Hacíamos por hacer, sin preguntarnos por qué. El planeta colapsaba y nosotros seguíamos editando selfies. La humanidad, esa idea de que estamos en esto juntos, se nos olvidó entre notificaciones. Sin hermandad, no se veía el futuro.
Pero un día… se fue la luz en mi casa. Y en lugar de entrar en pánico, como buen adicto, me puse a jugar con mis hijos. Sin pantallas. Ellos, sin saberlo, me dieron una lección: “¿por qué no jugamos a imaginar el futuro, papi?”. Volvió la luz. Volvió el sentido. En el colegio, la “crisis” con los celulares fue un despertador para que los educadores nos recordaran que la educación de los hijos es responsabilidad de las familias. En las empresas con las que trabajo, también nos dimos cuenta de que podíamos conversar mejor mirándonos a los ojos, sin las pantallas. Y nació una idea poderosa: poner a dormir el celular no como castigo, sino como ritual. Una provocación. Un empujoncito para despertar.
Los resultados aparecieron desde un comienzo. Empecé a dormir mejor y a vivir más despierto. En mi salud, en mi relación con Naty (mi esposa), con mis hijos, mi familia y mis amigos. Con la tecnología como herramienta, no como lastre, he fortalecido equipos en organizaciones que buscan sentido más allá del KPI. Y les he acompañado a reconectarse con el porqué hacen lo que hacen. Despertar me ha servido para proponer nuevos rituales, canciones, símbolos. Para renovar acciones tan sencillas como los voluntariados y convertirlos en excusas para encontrarnos sirviendo y transformando. Y también para invitar a instituciones como la iglesia, el ejército o las escuelas a despertar sus propósitos de servicio. Para que muchas personas encuentren su propia banda sonora y canten, por fin, un himno de armonía.
Más allá de la intención, hay un sistema detrás de la idea de poner a dormir el celular como un acto político.
Primero, empezar por mí. Elegir no es solo decidir entre dos marcas. Es mirar al espejo y decir: yo puedo vivir distinto. Es dejar de sobrevivir para empezar a vivir con sentido y con todos los sentidos. Respirar con gratitud. Mirar con asombro, maravillarme. Hacerme cargo de mi vida: Depende de Mí.
Segundo, los otros. Ver al otro no como obstáculo, sino como complemento. Cada diferencia, una posibilidad. Cada conversación, una construcción. Así florece el acuerdo, el entendimiento, el sentido de lo común. Asumir la responsabilidad ineludible de decidir como convivir. Ser políticos, colaborar: Depende de Nosotros.
Tercero, todo. Aparece el deseo de dejar algo. No solo una marca. Un legado. Soñar con un mundo que uno no vea, pero que otros sí. Elegir palabras que cuiden. Acciones que siembren. Porque la vida no me pertenece, la comparto en el servicio. Despierta un sentido común cuando descubro que soy parte de algo más grande: Depende de Todo.
Cuidado con los extremos. Antes de terminar, quiero advertir que no se trata de juzgarse, ni juzgar al celular. Es dejarlo descansar para recuperar el timón. Y si decides regalarte un rato para perder el tiempo, hazlo sin culpas.
Empieza con poner a dormir el celular. Literalmente. En una media, en un cajoncito, en una camita de tela. Respira. Mírate. Escríbete. Reconoce tu acelere y elige: ¿cómo quieres vivir hoy?Escribe tus promesas. Tus compromisos. A mano. Con lápiz y papel, que no tienen botón de borrar pero sí mucha memoria.Hazlo hoy. Con el ingrediente básico de cualquier acción política: el amor. Por ti mismo, por los demás, por todo.





