Memorias que se transforman

Por: Sebastián Jaramillo, Coordinador General Centro de Bienestar del Anciano San José de Marinilla, Estudiante de Psicología.

En Marinilla, como en tantos pueblos de Antioquia, la vejez ha sido tradicionalmente un territorio simbólico: un espacio de sabiduría, autoridad moral y continuidad cultural. Los abuelos no han sido solo miembros de la familia; han sido portadores de memoria, educadores silenciosos y guardianes de los ritos cotidianos.


Hubo un tiempo en que los pequeños gestos tenían un profundo significado comunitario: el rosario compartido al caer la noche, el respeto por la palabra del mayor durante la comida, el consejo transmitido con serenidad y experiencia, el rito del café en la tarde como acto de conversación y cercanía.


Hoy, sin embargo, la vida nos sorprende con nuevas imágenes: miro a mi abuela —la misma que antes nos regañaba por pasar horas en el celular— y ahora somos nosotros quienes la observamos scrolleando mientras revisa reels y TikToks del Papa, videos de animales y contenidos que parecen escritos por libretistas de La Rosa de Guadalupe. Antes, cuando pensaba en alguien que estaba lejos, simplemente lo recordaba en silencio; ahora lo llama por WhatsApp -eso si, por videollamada para poder verlos-. Antes encendía el equipo de sonido para sintonizar una emisora con música decembrina; hoy busca en YouTube “villancicos para ambientar los encuentros familiares.”

La vejez también se transforma. Y en ese proceso de cambio no podemos caer en extremos identitarios: ni en el rechazo absoluto de lo antiguo, ni en una nostalgia rígida que desconozca el presente. Lo necesario es un equilibrio: una danza respetuosa entre la innovación tecnológica y la tradición intergeneracional.


Este diciembre merece —de verdad— un espacio para lo esencial: para la familia reunida, para los juegos de mesa que saben a natilla y buñuelo, para las historias de los abuelos contadas con paciencia, para esas risas que cargan décadas de memoria, para el encuentro auténtico —no solo la conexión digital. Porque, aunque cambien los medios, el fondo permanece: los abuelos siguen siendo puentes entre el pasado y el presente. Escuchar sus historias —junto a la natilla y buñuelos o en una videollamada— continúa siendo un acto de amor, de reconocimiento y de memoria colectiva.

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