Una vez más: la unión política en Marinilla sigue siendo una utopía

Anonimo

Hoy, a escasas horas de conocerse los resultados al Congreso de la República, un sinsabor recorre las calles de Marinilla, se instala en las conversaciones de café, en las mesas de los parasoles y en esos diálogos de media voz donde siempre termina apareciendo la misma pregunta: ¿por qué seguimos divididos?

Una vez más, los apoyos dispersos de líderes, exalcaldes, lideresas y sectores políticos de la ciudad dejan en evidencia un patrón que se repite desde hace al menos quince años: Marinilla fragmenta su fuerza y diluye su posibilidad de incidencia. Quienes durante décadas han sabido cautivar a los marinillos con esperanza y movilizarlos de manera masiva en lo local, no han logrado traducir ese mismo liderazgo en una voz común capaz de representar al municipio en escenarios de mayor poder.

Es claro —y necesario decirlo— que la democracia es, por naturaleza, un escenario abierto donde cada ciudadano y cada liderazgo tienen el derecho de apoyar, promover y votar por los candidatos que consideren. La diversidad de posturas no solo es legítima, sino también saludable para cualquier sociedad. El punto de fondo que plantea esta reflexión no es limitar esa pluralidad, sino preguntarnos cómo logramos que Marinilla, como ciudad, vuelva a tener una representación política sólida en los escenarios donde se toman las grandes decisiones, tal como ocurrió durante buena parte de su historia.

Las explicaciones abundan. Algunos apelan al ego de los liderazgos locales; otros, a intereses personales o cálculos particulares. También están quienes aseguran que esta dispersión responde, en parte, a una estrategia silenciosa de las ciudades vecinas, que han entendido mejor el valor de actuar con visión compartida mientras Marinilla continúa atrapada en sus disputas internas. Sea cual sea la razón, el resultado es el mismo: seguimos entregando nuestra fuerza política por partes.Y entonces vuelve la pregunta de fondo: ¿qué tiene que pasarnos a los marinillos para entender que la unión no es una consigna romántica, sino una necesidad histórica? ¿Cuánto tiempo más seguiremos orbitando alrededor de proyectos políticos ajenos, “rejuntándonos” en equipos de Medellín, de Rionegro o de otras orillas, sin ser capaces de consolidar una sola fuerza propia, con identidad, propósito y ambición regional?

La contradicción es aún más dolorosa porque Marinilla no ha sido, ni es, un territorio cualquiera. Su historia está atravesada por una vocación de liderazgo difícil de ignorar. Desde hace siglos, esta tierra ha formado dirigentes, comerciantes, empresarios, artistas, cultores, trovadores y ciudadanos con una capacidad extraordinaria para emprender, resistir y construir. Marinilla ha sido sinónimo de trabajo, de disciplina, de progreso y de carácter. Allí donde llega un marinillo, suele haber esfuerzo, iniciativa y deseo de transformar las cosas.

Por eso desconcierta tanto que un pueblo con semejante herencia de liderazgo no logre consolidar, en lo político, una visión común de largo plazo. ¿No está acaso en nuestra naturaleza la capacidad de liderar? ¿No forma parte de nuestra identidad esa convicción de que somos capaces de abrir camino? ¿Por qué, entonces, nos cuesta tanto asumir en lo local una verdad elemental: que la unión hace la fuerza, pero la división perpetúa la dependencia?

Naturalmente, nadie pretende uniformidad. Marinilla tiene liderazgos distintos, valiosos y legítimos; personas con estilos, trayectorias, visiones y aspiraciones diferentes. No se trata de exigir unanimidad ni de creer que las rivalidades históricas desaparecerán por arte de magia. La política, por definición, está hecha de diferencias. Pero una cosa es la pluralidad y otra muy distinta la incapacidad de construir mínimos comunes alrededor de lo esencial.Y ahí está, precisamente, la tarea pendiente de la dirigencia actual: entender que una ciudad no se proyecta cuando cada quien empuja para su lado, sino cuando sus liderazgos son capaces de encontrarse en lo fundamental. Marinilla necesita volver a pensar en grande. Necesita proponerse, con seriedad y sin mezquindades, una representación propia en el departamento, en la Cámara, en el Senado y, por qué no, en las más altas esferas del poder nacional. No como un gesto de vanidad, sino como una consecuencia natural de su historia, su peso social, su talento humano y su vocación de liderazgo.Mientras tanto, otras ciudades han comprendido mejor esta lógica.

Rionegro, por ejemplo, entendió hace tiempo que avanzar requería una voz articulada: diversa, sí, pero alineada en objetivos estratégicos. Marinilla, en cambio, ha permanecido demasiado tiempo bajo esa sombra, resignada a ver cómo su potencial político se reduce mientras otros consolidan su influencia.

Esta tierra es abundante en talento, creatividad, berraquera, empresa y academia. Pero sigue siendo escasa en consensos, en generosidad política y en propósitos superiores a los intereses individuales. Y esa escasez cuesta. Cuesta representación, cuesta incidencia, cuesta futuro. Tal vez por eso resulta tan doloroso reconocer que, mientras aquí seguimos administrando diferencias, otros ya aprendieron a convertir sus coincidencias en poder.

A veces pareciera que a Marinilla le sembraron una platanera al lado. Una que, de vez en cuando, deja caer algunos plátanos, pero cuya sombra termina impidiendo que crezcan con fuerza las plantas del jardín propio. Y cuando un pueblo se acostumbra más a recoger los frutos que caen de otros árboles que a cultivar los propios, corre el riesgo de olvidar su verdadera vocación de liderazgo.

La gran pregunta no es si Marinilla tiene con qué liderar. Eso ya lo ha demostrado muchas veces. La verdadera pregunta es si su clase dirigente estará a la altura del momento histórico que enfrenta. Si será capaz de dejar atrás la lógica pequeña del cálculo inmediato para asumir una responsabilidad mayor con la ciudad. Si comprenderá, de una vez por todas, que el liderazgo no consiste solo en convocar votos, sino también en saber ceder, construir y pensar en generaciones, no en coyunturas.

Más que un llamado a “juntarnos”, esta es una invitación a encontrarnos en lo esencial. A recordar que Marinilla no puede ser inferior a su historia, a su legado ni a la grandeza que durante tanto tiempo la distinguió. Porque si esta tierra ha dado tanto, también puede dar una dirigencia capaz de entender que la unidad no cancela las diferencias: las ordena al servicio de un propósito superior.Y quizá ahí esté la verdadera tarea pendiente.

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