Por Alejandra Buitrago, Periodista
En un mundo en el que nos falta el aire, también nos falta la vida. En una selva de cemento, el gris trasciende las calles. Sube por las piernas hasta la cabeza e inunda el cuerpo. Nos da mentes grises. Caras grises. Vidas grises ¿Vidas? Estamos diseñados para respirar aire puro. No smog. No humo. Y como colombianos, como antioqueños, como Montañeros, hay algo mucho más fuerte que nos corre por las venas en lugar de la sangre: Nos corre amabilidad, color, vivarachería. Nos corre montañería. Nos corre decir “¡Buenos días, ¿cómo me le va?!” a gente que nos cruzamos. Y eso se ha perdido y se ha ido junto al color para ser remplazado por calles iguales y gente que mira rayado.
Estamos biológicamente diseñados para respirar aire puro y distinguir colores en el mundo. Pero no son los pulmones los que me conciernen. Me concierne la vida. O la falta de vida que se apodera de los cuerpos humanos de las grandes sociedades. Incluso ese término parece tan ajeno. Sociedad. Un gran grupo de personas con rasgos comunes que tienen en común el habitar de un sitio concreto no me parece una sociedad. Una sociedad, lo que antes era sinónimo de comunidad, ahora es sinónimo de individualidad. Sinónimo de una ciudad gris. Llena de grises edificios con gente gris demasiado ocupada en mostrar el color solo donde les es conveniente como para ser coloridos en verdad.
En un mundo en el que dejamos atrás las casas coloridas y llenas de novios ( planta ornamental que huele a la finca de los papitos) en el zaguán por edificios de un cemento gris y descolorido, ¿Cómo nos afecta? ¿Cómo nos vemos? ¿Cómo vemos a los otros? En un mundo en el que todo es tan igual ¿estamos perdiendo nuestras tradiciones para adoptar tradiciones ajenas? ¿Nos estamos perdiendo a nosotros, y por ende a nuestra herencia por encajar? Hablo de personas, pero también de ciudades, de casas, de todo lo que es modificable y no debería serlo sin perderse.
¿La cultura montañera está desapareciendo? En algún momento de un futuro no tan lejano dejaremos de tomar chocolate hecho en leña con quesito en esos extrañamente incómodos pocillos que parecían platos hondos. Dejaremos de tomar tinticos por tomar americanos. Dejaremos de sembrar palmas de cera y guayacanes para sembrar palmeras importadas tipo california para que Medellín sea el próxima Hollywood.
El problema no es la cultura desapareciendo. El problema es que todo está desapareciendo mientras buscamos los jóvenes irnos a ciudades grandes y por lo regular contaminadas no solo en smog sino en individualismo (para lo cual no hay vacunas). Ciudades que a su vez buscan parecerse a ciudades más grandes y extranjeras. Todo está desapareciendo para empacarse en un molde de silicona importado y posiblemente comprado en temu.
Yo quiero rehusarme a esa individualización, a esa búsqueda de parecerse al extranjero. Quiero pedir un tinto. Quiero vivir en pueblos y quiero seguir creyendo que la arquitectura funcional, colorida y bonita de las casas tradicionales de las montañas, donde además el aire puro devuelve el color a la cara, no le envidian nada a esas construcciones modernas y blancas que solo son grandes cubos modernos y extraños.
Creo en las buenas tradiciones. Creo que el campo es vida y que en el campo la vida es un refugio para quienes se rehúsan a recluirse en una gran ciudad en la que se pierde la individualidad entre un mar de cabezas que no dicen buenos días a los vecinos.
Quiero un mundo de color. Un mundo pequeño. Un pueblo. Una zona. Una montaña que es donde vivimos. Un mundo de frases típicas y no de anglicismos modernos mal adaptados. Un mundo de chifonieres en lugar de closets, un mundo de cuadraderos en lugar de parking lots, un mundo de ajiaco en lugar de ramen y de manzanilla envenenada en lugar de matcha.
Y si bien esta columna parece – en honor a lo que he venido diciendo– un sancocho, un salpicón de temas inconexos, la verdad es que todo está conectado. Si los montañeros dejamos de comer la comida de nuestros papitos y dejamos de ser amables estaríamos deshonrando una memoria colectiva de seres berracos, pero cercanos. Si permitimos que todos los edificios coloniales hechos en tapia de nuestros pueblos se caigan para hacer parking lots estaremos perdiendo nuestra identidad. Y no se trata de no irse a buscar un mejor futuro a ciudades, incluso países más grandes, ese no es el punto. El punto es, que incluso en la lejanía, se lleve consigo ese recuerdo de los pueblos y se honren las buenas tradiciones.
No dejemos perder la sangre colorida, los edificios coloniales, la amabilidad montañera ni el pandebono. No dejemos que estar en una ciudad gris nos impida seguir cargando en el carriel de la vida una pizca de amabilidad para todo el que nos cruzamos. No dejemos que la ciudad nos separe de una herencia bonita. No solo de comida, no solo de tradición, no solo de sangre. Una herencia de vida. Una herencia en la que el color y las palabras, el ser montañero, no da pena ajena, da alegría propia.






