Por: Mariana con Letras
Me gusta ir por la vida cuestionándome la forma de verla y habitarla, por eso he descubierto en las últimas semanas que vivimos en medio de enigmas y dicotomías que ni siquiera meditamos; el gran Byung Chul Han en su libro La agonía del eros, asegura que “la percepción solo puede concluirse en una quietud contemplativa”, es decir que la interpretación de la realidad depende de nuestra mirada y recogimiento hacia ella. He hablado varias veces de la contemplación y no me cansaré de defenderla como una forma de resistencia en esta sociedad vertiginosamente consumista.
Frente a la presión invisible y asfixiante de comprar, producir y rendir, se nos olvidan la emoción, el arte y el silencio; ya lo decía Ernesto Sábato “en el vértigo no se dan frutos ni se florece, lo propio del vértigo es el miedo y allí se adquiere un comportamiento autómata, sin responsabilidad, ni libertad”, nuestra existencia se ha convertido en una caída hacia lo banal e intrascendente; por eso mismo repetimos a veces sin quererlo, patrones que perpetúan modelos sociales despreciables.
El centro de esta reflexión, gira en torno a una idea que hace unas semanas hablaba con un amigo y hoy quiero compartir: ¿por qué nos gusta lo que nos gusta? Para algunos puede sonar patético, para otros paradójico, pero realmente nos hemos vuelto tan irreflexivos que nos cuestan las preguntas.
A mí en términos musicales – y por dar un ejemplo – me gusta la salsa, ¿hasta dónde es realmente afinidad con el género o disfrute del mismo y cuándo pasa a ser una inclinación por permanecer en la seguridad de lo conocido? Me lo pregunté y me lo pregunto no para dejar de escucharla, sino para incomodarme y arriesgarme a prestar atención a otros ritmos o estilos que he preferido ignorar.
Pasa lo mismo con los colores, la ropa, la comida todo lo que consumimos e incluso las amistades con quienes compartimos prácticas y hábitos de consumo: nuestra identidad nace de las decisiones que hemos tomado para definirla, pero ¿será que estamos arraigados a ideas que nos paralizan frente a la expectativa de lo inexplorado?
Zygmunt Bauman lo asegura en Modernidad líquida, la búsqueda de comodidad nos ha llevado al supremo individualismo. Si encontramos algo con lo que tengamos suficiente afinidad, nos cerramos al resto de posibilidades Esta es una invitación a salir de esos terrenos seguros y placenteros, para explorar y cuestionar los gustos propios y la riqueza que alberga el mundo allí fuera, lejos de eso a lo que nos hemos aferrado. Como dijo Sábato en su libro La resistencia “si nos cruzamos de brazos seremos cómplices de un sistema que ha legitimado la muerte silenciosa”. Y el primer requisito para vivir plenamente, es abrazar la incomodidad.






