El sinsentido de no tener tiempo que perder

Por Mariana con letras

El filósofo surcoreano Byung Chul Han, en su libro La sociedad del cansancio asegura que “la aceleración no nos deja tiempo para lo contemplativo” y la humanidad está cada vez más, ahogada en medio del afán y la pretensión de productividad; pero, ¿a qué costo?

Seguramente hemos escuchado muchas críticas al famoso multitasking: la forma de nombrar la necesidad de hacer varias actividades al mismo tiempo. Aunque se ha demostrado psicológicamente que no tenemos la capacidad de concentrarnos plenamente en más de una actividad a la vez, es, además, una forma de autoengaño. ¿Un solo trabajo? ¿Una sola tarea? No, mejor picamos aquí y allá, hacemos de todo un poco, para convencernos de lo “productivos” que somos y finalmente no quedamos realmente satisfechos con los resultados, muchas veces ni siquiera los alcanzamos.

El consumismo es otra forma de vivir acelerados: todo se nos vende como una experiencia, un nuevo producto o servicio que necesitamos adquirir para ser felices, incluso más allá de la felicidad nos venden “bienestar”. Si lo que nos gusta es la actividad física, ya no podemos salir a caminar o trotar tranquilamente; ahora sin darnos cuenta caemos en la mentira del “necesito”: unos tenis, una camisa, un termo, una membresía, siempre hay algo que nos falta, un producto o servicio que “garantiza” mejores resultados… pero, ¿es realmente lo que queremos? ¿Nos hemos detenido a pensar, en que lo que anhelamos ya lo poseemos?

El espacio público se ha privatizado cada vez más, ya no sentimos los parques, las calles, las áreas comunes como nuestras; nos la arrebataron el afán de producir y consumir: si no es para vender algo, no estamos en la calle; no nos sentamos en un parque si no tenemos un jugo, un helado o una botella de agua en la mano ¿cuándo fue la última vez que nos sentamos en una acera a contemplar el cielo, las nubes, o simplemente a ver la gente pasar? Ya no lo hacemos, no hay tiempo para la pausa. Ya no hay gente leyendo en un parque o grupos de amigos riéndose y mirándose a los ojos.

El scrolling también nos ha cambiado las dinámicas de vida: que difícil es estar en una fila, en el transporte público o incluso en el baño, sin mirar el celular. Ni los momentos de espera los dejamos tranquilos, nos abruma el silencio y llenamos el tiempo y la vida de cosas por ver, por leer, por escuchar, pero ¿dónde nos quedó el tiempo para imaginar?

Ya no nos aburrimos ¡y cuan peligroso es!, no le dejamos espacio a la imaginación y se nos ha olvidado crear: no hay que ser grandes artistas, solo atrevernos a tomar un lápiz y escribir, dibujar, rayar; buscar pinturas y hacer formas en una hoja, en una tela, en una pared; desempolvar ese instrumento y atreverse a tocar algo; conversar con las abuelas, aprender a tejer, a cocinar, en fin. ¡Hay tanto por ser! Pero nuestro ser, es cada vez más pobre, más débil, más nulo no nos deja… y sin ser, no hay hacer. Dejemos de llenar la agenda con cientos de responsabilidades, ¡démonos el lujo de tener tiempo para perder, arte para crear y vida para ganar!

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