Por Alejandra Buitrago.
La sangre brotaba por su cuello, manchando su camisa, corriendo por la cera en la que su cuerpo aún tibio acababa de caer. La sangre, que a veces parece infinita, lleno una calle concurrida, tocando, marcando los zapatos y las conciencias de quienes vieron una oportunidad de viralidad, o tal vez algo peor, en una vida que fue injustamente arrebatada.
Vi eso en una foto, pasó un instante antes de darme cuenta de lo que estaba viendo, estaba viendo por WhatsApp la imagen de un hombre que acababa de ser asesinado a manos de un habitante de calle en Itagüí. Fue una noticia infame que le dio la vuelta al país, una noticia que no solo generaba lástima por una persona joven que no tuvo porqué morir, sino también una escena que lastima profundamente esa fe casi inherente de que el mundo es un buen lugar.
El buen amigo Ernest Hemingway solía decir: “El mundo es un buen lugar, por el que vale la pena luchar”. Más que una frase, es un mantra. Es una mentira repetida mil veces que sigo anhelando que se convierta en verdad y que creo que moriré esperando a su realización. Pero no vine a hablar de eso.
Vine a hablar de la foto. Una foto por WhatsApp, sin filtro, sin censura, solo dolor, solo sangre, solo humanidad que se fue por el desagüe. Surge ahí mi pregunta, surge ahí, en ese justo momento en el que tomamos el celular para grabar en cuanto vemos sangre ¿Por qué?
¿Por qué grabar, por qué tomar fotos, por qué enviarlas por cadenas de WhatsApp como si no fuera una vida, como si no fuera sangre humana, un ser humano? ¿Es acaso normal ese morbo de ver a un muerto a través de la lente? Y hablo tanto de los “fotógrafos samaritanos” como de los que ven y comparten ese contenido. Es absurdo. Somos personas. Podríamos ser nosotros quienes estemos ahí.
Que una persona pase los últimos segundos de su vida viendo cómo lo graban, como si solo fuera una dramatización y no una lucha con garras para no morir, es menos que inhumano. Es una porquería. Una porquería que hemos normalizado a puntos en los que solo es un acto de osadía lesa humanidad.
Es más que suficiente verse obligados a reconocer al ser amado en cámaras de seguridad ajenas y lejanas, ojos vigilantes, pero no cercanos. Pero encontrar en redes sociales o en grupos de WhatsApp o de Telegram videos íntimos y personales de crímenes en contra de sus allegados es absurdo.
¿Qué pretenden? ¿Dañar? Seguramente (y eso es tal vez lo peor) no es su intención hacer daño. Pero lo hacen. ¿Morbo? ¿Viralidad en redes sociales? Eso es más probable. Pero, cuestionémoslo primero.
Cuestionémonos si vale la pena correr hacia una balacera para coger el chisme. Cuestionémonos si vale la pena grabar a un muerto para mandarlo a los grupos de chat. Cuestionémonos si vale la pena que los seres que amaban a esa vida, que se encuentra vulnerable ante la cámara, lo recuerden así.
Porque, por supuesto, no tengo el control ni de mi propia muerte. Pero si tú ves cómo me matan, tienes el control de cómo seré recordada.






