En el corazón de Marinilla, un municipio que respira la naturaleza de la colonización antioqueña, existe un rincón donde la historia se degusta en el paladar. Es la tienda de la Institución Educativa San José, administrada desde hace 32 años por Marta Nelly, a quien todos conocen cariñosamente como «La Tata». Ella es el vivo reflejo de lo que las personas conocen como el «corazón del mundo» en la cultura regional, pues, la tienda además de ser su negocio, es un santuario de la palabra y una memoria viva donde el tiempo parece detenerse.
La historia de La Tata es pura identidad paisa: una mujer tenaz, berraca, servicial y con una profunda fé que se traduce en platos que alimentan el cuerpo y el alma. Su cocina además de ser una mezcla de ingredientes es un acto de resistencia cultural y hospitalidad que define a toda una región.
El miércoles de fríjoles
Para los estudiantes y profesores del San José, el miércoles es un día sagrado porque «nunca faltan los frijolitos”. Este hábito de La Tata conecta directamente con la base de la alimentación antioqueña que, desde la época prehispánica, ha tenido al fríjol y al maíz como pilares de la alimentación. En la tradición, el fríjol representa la fortaleza del arriero, ese «marinero de las montañas» que requería comidas de alta densidad calórica para abrir caminos y fundar pueblos.
La abundancia que caracteriza la mesa de La Tata, en la que el plato busca saciar por completo a sus comensales, se refleja una herencia de los antiguos paradores y las fondas de arriería. Como bien señalan las investigaciones, en Antioquia la población hace de las recetas de su infancia uno de los símbolos más apreciados de su identidad. Por eso, un plato de fríjoles de La Tata es más que comida; es un recordatorio de la pujanza y el progreso que se gestó entre estas montañas.
Las empanadas y la economía del afecto
Uno de los momentos más reveladores de la personalidad paisa ocurre frente al mostrador de Tatica, cuando un niño se acerca con hambre y sin plata. Su respuesta, «vea que después arreglamos», encarna la tradición del «fiado basado en la confianza», una práctica esencial de las tiendas de pueblo que resiste a la frialdad de una era cambiante. En este intercambio, la empanada, un icono de los «fritos rápidos» de la región, se convierte en un vehículo de solidaridad.
Este gesto de ser la «mamá del colegio» refleja cómo la gastronomía paisa está ligada a la unión familiar y la calidad humana. El talento de La Tata para compartir su sazón es lo que los antioqueños identifican como el papel de las personas que sostienen el territorio, y figuras que, desde el fogón, tejen la economía, la cultura y la memoria de sus comunidades.
El sancocho y la arepa como símbolos de territorialidad
Los platos más icónicos de La Tata —sus fríjoles, su sudado de pollo y su sancocho— son los mismos que las fuentes catalogan como los grandes referentes de la cocina regional. El sancocho, en particular, es visto como un plato que define a la sociedad colombiana, capaz de esquivar discriminaciones sociales y unir a las personas alrededor de una misma olla.
Pero si hay un elemento que simboliza la manera de ser y de pensar del antioqueño es la arepa. Para personajes como La Tata, la arepa es «un icono» que acompaña cada momento del día. Puede ser una arepa de mote, de arriero o de maíz pilao, pero este disco de masa siempre representará la unidad y el patrimonio cultural que ella defiende diariamente en su amada tiendita.
La evolución de una sazón heredada
La cocina de La Tata ha alimentado a muchas generaciones, demostrando que la gastronomía tradicional puede sobrevivir al paso entre generaciones y que siguen manteniendo su esencia. Al igual que restaurantes emblemáticos como Hatoviejo, que desde 1982 buscan reflejar la cultura paisa a través del servicio esmerado, Marta Nelly ha convertido su labor en un referente de hospitalidad y servicio.
Su historia confirma que la comida va mucho más allá de la combinación de sabores. La comida es una herramienta emocional (arreglarle el día a alguien con la sazón) y un punto clave de la identidad que une a las generaciones.
La gastronomía constituye el principal elemento de identidad de Medellín y sus alrededores porque personas como La Tata han decidido que «nadie pase hambre frente a sus narices». Su generosidad es la misma que convirtió al chicharrón en símbolo de festividad y a la bandeja paisa en un estándar de abundancia. Al final, los sabores de la ciudad son el reflejo de un pueblo «berraco» y servicial que, como Tata, entiende que la mayor bendición es compartir el talento y la mesa para que la memoria del antioqueño siga viva en cada bocado.






