“Porque una es más auténtica cuanto más se parece a lo que ha soñado de sí misma”
Todo Sobre mi madre, Pedro Almodovar
Cementerio de sueños, cementerio de almas, cementerio de vidas, cementerio de jóvenes aspirantes a futuro. Colombia, mejor dicho el mundo, no es lugar de jóvenes, no es un lugar para jóvenes. Siempre hemos sido parias incomprendidas y segregadas, siempre raros, siempre ruidosos, siempre soñantes de aquellos sueños locos y coloridos que los padres nunca quieren para sus hijos.
Dios no lo quiera, salgan artistas, músicos o literatos. Desde pequeños nos enseñan a pensar en el honor que brindan carreras como el derecho o la medicina, y tras 11 o 12 años en una escuela pública que continúa con la eterna retahíla de “¿Vas a desperdiciar tu inteligencia?”, es normal que el corazón se nos haga una pasa a la hora de elegir carrera; si es que podemos elegir, pues no solo aplica el factor de las imposiciones paternas sino que aplica uno incluso más insondable: Colombia es un país en el que solamente cuatro de cada diez jóvenes podrán acceder a los estudios superiores.
Pongámoslo así, en un mundo ideal en el que podrá ir usted a la universidad, tendrá que enfrentar sus pasiones con la vida, especialmente en un sistema que nos enseña a odiar lo no productivo (lo que no da plata, en términos más coloquiales). Tendrá que tomar una decisión entre ser feliz y tener una vida acomodada. Para este punto verá en la cara de familiares y conocidos cómo su decisión de vivir acomodadamente ha venido acabando con sus vidas, convirtiéndolos en el mito de Sísifo de la vida laboral.
Ahora bien, supongamos que logró un equilibrio (el unicornio de la vida adulta): un trabajo-profesión que le gusta y que tenga salida laboral, logró superar al sistema que estadísticamente pone sobre sus hombros un pesado número entre 1 a 4 y deja a otros 10 fuera (importante recordar que no son diez, no es un número, son Santiago, Valentina, Ramón…), perfecto. Ahora se encuentra con otro problema, uno inescrutable, uno que cada día mata de forma silenciosa a miles de jóvenes: los trabajos de porquería.
Y no, no hablo de los trabajos que pagan poco y exigen mucho, sí, esos son trabajos complicados, pero no, hablo de peores. Ese tipo de trabajo que en lugar de enseñarte te despierta absolutamente todas las inseguridades, te hace creer que eres inútil, torpe e inadecuado.
Este tipo de trabajos se aprovecha de un sistema en el que los jóvenes somos segregados, entre otras cosas y la que viene al caso, por el sistema de la experiencia, una habilidad necesaria, pero increíblemente difícil de conseguir. Es decir, ¿cómo se supone que adquiera experiencia si nadie quiere contratarme por no tener experiencia? Es absurdo. Entonces, estos trabajos se aprovechan de la desesperación de muchos jóvenes por adquirir la experiencia (ese preciado néctar que abre las puertas a la promesa de un mejor mundo laboral) y los contratan, solo para luego aprovecharse de ellos, explotarlos y manipularlos.
Ese tipo de trabajos rompen el espíritu de los jóvenes, les hacen creer que les están haciendo el favor de sus vidas al contratarlos porque son unos inútiles que no querrán en ninguna otra parte.
Muchas personas rebeldes, espíritus libres e indomables, terminan tan mal tras agachar la cabeza en esos cementerios de oficina que si logran renunciar o que los echen, no saben quiénes son. He visto cómo se pierden, cómo luchan, cómo tiemblan al intentar retomar algo que solían amar.
Este tipo de trabajos son tan comunes. Saben exactamente lo que hacen, se aprovechan de los sueños para pisotear y romper espíritus mientras explotan, pagan una miseria, y convencen a esos jóvenes adultos de que en ninguna parte los tratarán como allí (como si eso no fuera exactamente a lo que uno debería aspirar).
Si no se sale a tiempo de esa situación, se corre el riesgo de perderse, de perder el amor por la profesión o la carrera elegida, de olvidarse a uno mismo.
Es importante que los jóvenes, aquellos que apenas van a empezar su vida laboral, puedan entender que el trabajo no solo se trata de lo económico, también se trata del buen trato, de lo humano, de crecer como personas. A eso, también es importante que los empleadores puedan ponerse en el lugar de sus empleados para que esas oficinas, esos edificios no se conviertan en tumbas sin nombre y sin fe en el que reposan los sueños de miles de personas a las que la vida no les alcanzó ni les alcanzará para cumplir sus sueños.






